la fecundación in vitro · mis tratamientos

Mi primera Transferencia de Congelados (TEC)

Después del batacazo del negativo decidí confiar ciegamente en mis 3 esquimalitos…

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Según las instrucciones de mi hospital debía comenzar a tomarme unas pastillas llamadas Progynova de 2 mg el segundo día de mi siguiente regla. Pasados unos días debía aumentar la dosis hasta llegar a tomar 6 diariamente.

La Progynova, por si te preguntas qué es exactamente, es uno de los nombres comerciales del Valerato de Estradiol y que entre otras cosas se utiliza habitualmente en las transferencias de embriones congelados con ciclo sustituido (no natural) con la finalidad de inhibir la ovulación natural de ese ciclo y la de preparar nuestro endometrio y que de esta manera sea lo más receptivo posible al embrión o embriones.

La verdad es que es un proceso muy sencillo y con poca medicación por lo que los días previos a la transferencia los viví bastante tranquilamente. Me hicieron varios controles ecográficos para comprobar que mis ovarios estaban adecuadamente “parados” y para ver como iba creciendo mi endometrio. Cuando llegó a una medida y morfología óptimas tuve que empezar con los óvulos de progesterona ya antes del día previsto para la transferencia.

De nuevo tenía una fecha programada para presentarme en el hospital pero que podía ser anulada si ninguno de nuestros 3 embrioncitos descongelaba bien. Aquí sí que de golpe, volvieron los miedos y los nervios que no conseguía dominar por mucho que lo intentase.

Afortunadamente llegó el tan esperado día sin que hubiese sonado el teléfono por lo que de nuevo nos presentamos en el hospital con toda la ilusión y la esperanza puestas en nuestros congeladitos. Igual que con los embriones frescos debía entrar a quirófano con la vejiga llena…casi era la parte que más temía de todo el proceso, bueno, después de la ansiada entrevista con la bióloga para saber cómo habían descongelado nuestros pequeños.

Según nos informó uno no había sobrevivido a la descongelación pero los otros 2 habían comenzado a dividirse correctamente y eran “muy bonitos”. Fue como quitarnos un peso de encima. Los doctores nos habían explicado que muchas veces iban mejor los congelados porque al ser con tan poca medicación y en un ciclo diferente al de la punción nuestro cuerpo estaba más recuperado y se había preparado más naturalmente, no al 100% claro pero muchísimo más que con la transferencia en fresco. Y a esta teoría fue a la que nos aferramos Mr. N. y una servidora como a un clavo ardiendo. Esta vez tenía que funcionar sí o sí. No quedaban más embriones para otro intento y no me veía con fuerzas para pasar por todo el proceso otra vez, en caso de ser negativo.

La transferencia en sí fue igual de incómoda que la anterior, por el “toqueteo” y la sensación de no poder retener el pis, así que no disfruté como me hubiese gustado del momento en el que por la pantalla del ecógrafo vimos como nuestros embrioncitos eran introducidos en mi útero. Fue un momento mágico, indescriptible, sentía una sensación maravillosa y aterradora a la vez. Ya estaban dentro, y ahora sólo quedaba que se agarrasen bien fuerte y no dejasen de crecer…ahí es nada ¿verdad?

Volvieron a pasarme a la sala de siempre durante un par horas antes de poder levantarme para irme a casa a “incubar” mis polluelos. Esta vez, al ser congelados me dieron hora 14 días después para hacerme la famosa “beta“, la analítica en sangre para saber si estamos o no embarazadas.

A partir de aqui, igual que la otra vez tuve la sensación de que los días no pasaban, a pesar de continuar con mi rutina diaria la cabeza no paraba quieta casi en ningún momento. La primera semana como siempre fue la más pasable. Intentaba que el optimismo ganase a la desesperación, imaginándome como mínimo uno de mis embriones tan bonitos, se quedaba bien pegadito a mi endometrio. Intenté autoconvencerme de que esta vez no me haría ningún test antes de la beta pero esta decisión me pesaba cada día más.

Así que en contra de mis deseos la mañana del día 8 post transferencia decidí hacerme uno de esos dichosos test que, como no, salió negativo. Me dije a mí misma que no podía hundirme aún, que era demasiado pronto y que esperaría 2 días antes de hacerme otro. Por supuesto el siguiente palito volvió a dar el mismo resultado y el que hice el día 12 también.

Imaginaos con qué ánimos me presenté el día 14 para hacerme la analítica. A pesar de estar segura de que habíamos vuelto a fallar no podía evitar aferrarme a una mínima esperanza, podían ser falsos negativos me repetía a mí misma sin parar. Desgraciadamente el resultado fue un rotundo negativo, menor de 2 decía el papel que me entregaron. Mis polluelos no habían ni intentado agarrarse, seguramente habían vivido muy pocas horas dentro de mí.

Me es imposible describir cómo me sentía, solamente podía pensar que algo fallaba dentro de mí, que el problema era exclusivamente mío y que mi útero nunca sería capaz de dar vida. Estaba completamente hundida, destrozada, sin fuerzas para nada y a pesar de saber que nos quedaba otra oportunidad por la Seguridad Social dudaba de si merecería la pena hacerla. ¿Para qué? me preguntaba. Lo único que conseguría sería sufrir otra vez de una manera tan abrumadora que dudaba que me quedasen fuerzas para volver a recuperarme de semejante dolor.

Afortunadamente, la vida hace siempre sus propis planes y la mayoría de las veces no coinciden con los que tú dabas por hecho…

 

 

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Mi primera FIV en el Hospital de St.Pau (III)

Ya estaba otra vez en la tan deseada y temida betaespera…

 

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Llegamos a casa los 4, es decir, aquí la incubadora con patas, Mr. N y los 2 polluelos. Fui al baño, con un miedo horrible a que se fuesen por el desagüe, y al limpiarme vi un hilito de sangre rosada en el papel, entré en pánico, sin más. Futuro papi me tranquilizó como pudo, sé que para él tampoco era fácil y me dijo que no me moviese del sofá. Empezaba otra espera desesperante, la novena ya, a pesar de la experiencia sabía que ésta iba a ser especialmente difícil. Era la primera vez que tenía la seguridad de llevar vida en mi interior, 2 preciosos embriones que lo único que tenían que hacer era sobrevivir y agarrarse fuerte a mí. Parece poca cosa ¿verdad? pues sin duda para mí la parte más difícil de los tratamientos. Ya nada estaba en mis manos, sólo me quedaba rogar por ese positivo que tanto anhelábamos y cuidarme para intentar ayudar en lo posible.

Como todas, había leído que era recomendable beber bebidas isotónicas, y comer sardinas y nueces así que ya imaginaréis como estaba de surtida mi despensa. La bebida no me gustaba nada pero aún así me obligaba a tomarme mínimo un par de vasos grandes al día, todo me parecía poco para ayudar a mis pequeñines que sabía estarían luchando como campeones por quedarse conmigo. Fueron pasando los días, muy lentamente, aunque la primera semana fue un poco más llevadera, sobre todo en cuanto empecé a encontrarme ya bien de todo el “toqueteo”. Aún así fueron días de mucho relax, de sentirme mimada y cuidada como el tesoro más valioso. Cada noche al acostarme me dormía acariciando mi vientre, rogándoles a mis embrioncitos que se quedasen, diciéndoles lo mucho que los amábamos ya. Lloré mucho también, casi siempre sola para no preocupar a mi familia, consumida por los nervios y la incertidumbre.

Cuando empezó la segunda semana pasé por todas las fases, la de sentirme esperanzada, casi segura de haberlo conseguido a la de la total negación y vuelta a empezar con la ilusión de sentirme embarazada. Me consumía la espera, estaba deseando hacerme uno de esos test de tira que tantas veces me habían pasado por toda la cara mi odiosa infertilidad. Estaba segura, o por lo menos según el momento lo estaba, de que esta vez vería una hermosa raya rosada. Evidentemente no aguanté las 2 semanas que me dijeron en el hospital antes de hacerme el test de orina. La impaciencia me pudo y ya el 10 día post transferencia, sin decir nada a nadie, me levanté bien temprano y me atreví a hacérmelo. Recuerdo como me temblaban las manos. Tenía ya mis cólicos típicos de la regla pero me aferraba a lo que siempre decían las chicas afortunadas: los síntomas de embarazo son los mismos que los menstruales. Dejé el dichoso palito en el baño. Tuve que salirme porque no aguantaba el seguir mirándolo y no ver nada. Me fui a mi habitación. Intenté aguantar un par de minutos y volví a comprobar el resultado. Blanco, blanquísimo, igual de blanco que mi cara, imposible que fuese más blanco. Se me llenaron los ojos de lágrimas pero aún así decidí respirar hondo y darle un poco más de tiempo. Metí la tira en su sobre y el sobre en el bolsillo de la chaqueta que llevaba. Lo tocaba por fuera como queriendo que milagrosamente se marcase la dichosa raya. Y así estuve no sé cuanto rato, sacando el sobrecito y mirando la tira, poniéndola en la ventana para ver si se intuía algo. Lo volvía a guardar y a los pocos minutos volvía a mirarlo. Hasta que no sé cuanto rato después lo tiré a la basura, ya sin poder contener las lágrimas que traidoras caían por mi cara y me mojaban la ropa. Sentía como si hubiese perdido a mis hijos, no se habían quedado conmigo ¿por qué? no entendía qué había pasado, solo sabía que dolía mucho, muchísimo más de lo que creía que pudiese tolerar.

Cuando Mr. N. llegó del trabajo no le hizo falta preguntar mucho. Además de ver mi cara, no aguanté más de 5 minutos sin echarme a sus brazos, rota de dolor. Me calmó como pudo, diciéndome que no diese nada por perdido, que aún no me había venido y eso era bueno, que en el hospital nos habían dicho 14 días y que sería por algo. Yo quería creerme todo lo que me decía pero algo dentro de mí sabía con seguridad que el test no se equivocaba. Esa noche nos durmimos abrazados, con las manos de ambos en mi barriga, secando mis lágrimas con dulces besos.

Por la mañana ya no tenía ninguna duda de que habíamos vuelto a fallar, mi período siempre ha sido muy doloroso (gracias amiga endometriosis) y esta vez no iba a ser menos. Fui al baño y nada más bajarme la ropa vi la horrible prueba de nuestro fracaso. A pesar de la progesterona la rojilla se rió de mí nuevamente, con crueldad, recordándome que no me lo iba a poner nada fácil y que por ahora ella era quien ganaba, otra vez.

 

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Mi primera FIV en el hospital de St.Pau (II)

Había conseguido 7 ovocitos maduros ¿fecundarían todos?…

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En cuanto me recuperé de la anestesia me dieron el alta con varias recomendaciones, una era la de hacer reposo ese día y empezar por la noche con los óvulos de progesterona. Llegué a casa ya con un dolor fuerte, como los cólicos de la regla y manché un poco al ir al baño, así que estuve descansando toda la tarde, mimada como una reina por mi familia. Yo estaba muerta de miedo, aterrada por si no conseguía ningún embrión, con un nudo en el estómago que no me dejaba  casi ni comer. Aún así me tocó aguantar el tipo como pude para no preocupar a Mr. N y a mis padres. Me decían que todo iría bien pero yo no estaba tan segura.

Estuve pegada al teléfono toda esa tarde, el día siguiente y la mañana del tercero, ya que en cualquier momento podían llamarme para comunicarme la noticia que todas tememos, la que anulase la transferencia por no haber conseguido ningún embrión viable.  Afortunadamente la temida llamada no llegó y nos plantamos en el hospital a la hora que nos habían indicado.

Fui al baño nada más llegar, pero reteniendo el pis un poco ya que debía ir con la vejiga llena y empecé a beber  poco a poco de una botella de agua que llevaba. ¡Ese rato se me hizo interminable!, entre el miedo a las noticias y a la sensación de que no iba a poder aguantarme sin visitar de nuevo el lavabo . Finalmente nos llamaron para entrar a hablar con la bióloga. Nos informó que, para asegurar la mayor tasa de fecundación, habían hecho ICSI y no FIV. Nos enseñó una gráfica con los ovocitos extraídos, los maduros y los fecundados y las calidades de nuestros futuros babies según su evolución. Habíamos conseguido 5 pequeñines, 3 de ellos muy buenos (A), 1 no tan excepcional pero bueno (B) y uno más feo (C). Era muy buen resultado, nos dijo, así que si estábamos de acuerdo me pondrían los 2 mejores. Estábamos exultantes, emocionados, esperanzados y no sé cuantos adjetivos más. Por fin, después de 4 años de infertilidad nos parecía más posible que nunca conseguir nuestro ansiado positivo.

Futuro papi estuvo conmigo en quirófano, durante la transferencia, la cual fue bastante incómoda para mí (cerraba los ojos rogando que no se me escapase el pis…todavía ignoro si lo conseguí o no…¡qué momento más terrible y que poco elegante!). Como siempre, me molestó el introducirme la cánula, pero después de 8 inseminaciones, estaba tan acostumbrada que no le di  más importancia. Parirás con dolor dice la Biblia ¿no? pues se dejó todo lo de antes, ¡qué también tiene lo suyo para nosotras!.

En un momento mis 2 tesoritos estaban dentro. La bióloga comprobó que no hubiese quedado ninguno en la cánula y ya está, ahora tocaba la parte más angustiosa y dificil, la betaespera. Salimos del hospital como si flotásemos en una nube, visualizando a nuestros embrioncitos agarrándose a mí, y yo caminando como si en mi vientre llevase el secreto de la formación del universo, con miedo hasta de respirar por si se me salían…continuará.

 

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Mi primera FIV en el Hospital de St.Pau (I)

Después de las 6 IA negativas llegó por fin el momento…empezaba mi (esperaba) primera y última FIV.

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Recuerdo mi primera visita antes de empezar la FIV, estaba ansiosa por empezar, no pregunté mucho ya que como siempre confiaba plenamente en los médicos, pensaba que ellos “ya sabían”. Me explicaron la medicación que iba a usar, que casi era la misma que la que había usado para las IA, el famoso Puregon, sólo que en este caso me pincharía otro medicamento en cuanto me lo indicasen, el Orgalutran y como siempre, Ovitrelle como “rompefolis“.

Cuando bajó la regla llamé para pedir mi primer control y el tercer día empecé ya con los pinchazos. Todo me era, por desgracia, tan familiar que no veía por ahora ninguna diferencia con las inseminaciones. Recuerdo que fui bastante rápida, demasiado, ya desde la primera ecografía me vieron más de 10 folículos creciendo casi a la vez. A los pocos días ya empecé a sentirme hinchada y pesada, sobre todo al estar sentada, fue una de las primeras diferencias que noté con los tratamientos anteriores, además de las “humedades” de las zonas bajas :).

Creo que era el tercer control cuando me dijeron que ya estaba lista, que iba muy bien. El médico que me tocó empezó a mirar el ordenador y puso cara rara. Me preguntó por la visita con el anestesista ¿visita? ¿qué visita? le pregunté. A mí nadie me había dicho nada en ningún momento. Ingenua de mí creía firmemente que los profesionales tendrían todo el proceso más que claro, para mí era todo nuevo, no sabía ni cuanto tardaría ni cuando me programarían. En un par de segundos entré en pánico, creo que me puse hasta blanca, mi cabeza no paraba de decir “no me lo puedo creer” “todo me pasa a mí”. El doctor empezó a rellenar papeles y me dijo que bajase con ellos a la Fundació Puigvert. Además esa misma noche debía empezar a pincharme el Orgalutran, a ver si así conseguíamos “aguantar esos folis”. Salí casi corriendo de allí. Llegué al mostrador que tan bien concocía, temblando como una hoja, muerta de miedo.

Cuando me atendieron empezaron a mirar toda la documentación que llevaba y lo primero que me dijeron fue que “imposible” que “no había horas para el anestesista” de golpe se me llenaron los ojos de lágrimas, intenté mantener el tipo pero por primera vez en mi vida me oí a mí misma rogar como una niña pequeña, que por favor, que hiciesen lo posible, que después de todo lo que llevaba no podían hacerme eso…tuve ganas de gritar que no había sido culpa mía. No sé cómo fue pero después de mirar y mirar el ordenador me dieron cita para el lunes siguiente (era ya un viernes) y último control ese mismo domingo. Si todo iba bien de una vez me harían la punción el martes.

Parecía que estaba todo controlado así que empecé a sentirme más calmada, aún no entendía cómo había pasado algo así pero estaba bastante tranquila. Confiaba en que todo iría bien. Ese sábado nos quedamos tranquilamente en casa. Yo tenía ya bastante pesadez de ovarios y no me apetecía salir. Me puse un ratito en el ordenador y los dolorcillo que iba sientiendo hacía un par de días fueron rápidamente a más. Llegó un momento que de golpe empecé a notar mis molestias típicas de ovulación pero multiplicadas por 20. Me quedé doblada de golpe, cogiéndome la barriga, intentando calmar el dolor. Llamé a mi marido y le dije “estoy ovulando”, no tenía ninguna duda, mi cuerpo me lo estaba indicando tan claramente que fue como si me cayese un jarro de agua fría. Empecé a llorar de rabia, de impotencia, de dolor, ya no físico sino emocional…otra vez mi sueño roto en mil pedazos, me sentía sin fuerzas para seguir.

Al día siguiente tenía control en el hospital, entré allí derrotada, explicándole al médico lo que había pasado. Me dijo “imposible” pero en cuanto miró la pantalla del ecógrafo se calló de golpe. Aún así no lo quiso reconocer, me confirmó que haríamos la punción el martes, que tenía folículos preparados. Le pregunté qué cuántos y no quiso decirme el número, solo que “suficientes”, no me hacía falta saber más me soltó. Me callé porque quise aferrarme a esa esperanza, había llegado hasta ese momento, después de todo lo que había ya pasado, de todos los negativos y las lágrimas y no estaba dispuesta a rendirme.

Como estaba previsto ese lunes tuve, por fin, la visita con el antestesista y el martes por la mañana la punción. ¡Qué nerviosa estaba! Cuando me hicieron pasar para prepararme para el quirófano solo podía pensar en mis folis ¿cuántos habrían sobrevivido? Me sentía sola, desanimada y más nerviosa que nunca en mi vida. Pasó todo muy rápido, desperté aún en quirófano, justo antes de trasladarme a la sala donde estaban más chicas recuperándose de sus punciones o reposando después de las transferencias. Vino la doctora que nos tocaba ese día, había ido muy bien, me habían sacado 7 folículos maduros… ¿7? ¿sólo 7? la última vez antes de ovular me habían visto mínimo 11 de tamaños parecidos así que no tenía ninguna duda, había perdido unos cuantos, seguramente los más “bonitos”. No sabía si alegrarme por el alivio que sentía (por lo menos tenía algunos) o llorar de la rabia que llevaba acumulando esos días. Decidí ser positiva antes todo. Tenía 7 campeones, 7 supervivientes que estaba segura que no me defraudarían…¡¡continuará!!

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Las inseminaciones artificiales en el Hospital de Sant Pau

Después del batacazo moral que sufrimos con las 2 inseminaciones de la clínica privada

llegó el momento de empezar en el hospital de la Seguridad Social que me tocaba: el Hospital de Sant Pau de Barcelona.

Según me habían explicado el primer día de regla tenía que llamar y pedir hora para la analítica y el control ecográfico. La medicación, en mi caso Puregon, me la empezaba a pinchar el segundo día, normalmente. Las analíticas empezaban a las 7 de la mañana y los controles a las 8 pero nunca sabía a qué hora me llamarían ni a que hora saldría de allí.

Para mí fue una época muy dura. Compaginar trabajo y visitas tan seguidas me creó muchos problemas con algunas compañeras y claro está provocó el “mosqueo” de mi jefe. A pesar de hacer más horas para “recuperar” mis ausencias, y de no irme nunca del trabajo sin dejarlo todo listo me hicieron sentir muy mal, como si tantas visitas al médico  fuesen una excusa para “escaquearme”.

Sé que mi infertilidad no está causada por el estrés ¡lo tengo clarísimo! pero también estoy segurísima que fue un impedimento más para conseguir mi embarazo. Los altibajos emocionales y la ansiedad se apoderaron de mí y no conseguía salir de esta espiral de negatividad.

Como ya habréis imaginado, la primera inseminación en mi hospital fue negativa, igual que las dos siguientes. Después de la tercera inseminación negativa (siempre con un  mes de descanso después de cada una) me tocaba hacerme la laparoscopia para descartar otros problemas.

laparoscopia diagnóstica

La laparoscopia diagnóstica es una técnica poco invasiva pero no deja de ser una intervención quirúrgica por lo que fue la primera vez en mi vida que me anestesiaban y entraba en un quirófano.

¡No os podéis imaginar los nervios que pasé! Creo que estaba tan asustada que ni pensé en lo que podrían encontrar. No voy a negar que pasé unos días dolorida, no sólo la zona del vientre sino también en el hombro (curioso ¿verdad? pero ya me habían avisado de esta molestia debida al gas que introducen para tener más espacio para “trastear”) pero me alegré mucho de haberla hecho.

En cuanto desperté el médico me informó que habían encontrado y extirpado un quiste de chocolate. Lo tenía en una zona que era imposible de detectar con las ecografías, por lo que siempre había pasado totalmente desapercibido. Al ver mi cara de susto me comentó que era lo único que habían visto anormal, que seguramente se trataba de endometriosis pero que en un grado tan leve que no afectaba en absoluto a mi fertilidad.

Ya os podéis imaginar lo poco que tardé en conectarme a San Google y buscar toda la información posible sobre mi nueva enfermedad. Con cada linea que leía me sentía cada vez más identificada con todas las mujeres que la padecían. Me dí cuenta que yo sufría la mayoría de los síntomas típicos: reglas muy dolorosas y abundantes, fuertes calambres entre períodos y por supuesto, la infertilidad.

Nunca había oído hablar de la endometriosis y lo que es peor ningún médico me había dicho jamás que cumplía con el perfil habitual, por lo que podría padecerla. Aún no entiendo para qué nos preguntan tanto en nuestras revisiones ginecólogicas. En mi caso tengo clarísimo que era sólo una parte más del protocolo que siguen, pero que nunca le dieron ninguna importancia a lo que les relataba. La crencia de que “es normal que la regla duela” está, por desgracia, igual de extendida entre la sociedad que entre los profesionales médicos.

En mi siguiente visita al hospital volvieron a remarcarme que no me preocupase, que muchísimas mujeres tenían quistes como el que me habían encontrado a mí y ni lo sabían y que ni mucho menos era el motivo de no quedarme embarazada. A mí este argumento no me convenció en absoluto y sospecho que gran parte de la culpa de mi infertilidad la tiene la dichosa endometriosis. ¡Llamadme cabezona, claro que sí!

En esta visita me dijeron que teníamos derecho a 3 inseminaciones más, pero que gracias a la “limpieza” que me habían hecho en la laparoscopia confiaban que no tuviese que hacerlas todas. Me agarré a esta esperanza como un naúfrago a una tabla y como no, volví a hundirme en la tristeza y el desánimo con cada nuevo negativo.

En poco más de un año habíamos pasado un total  de 8 inseminaciones y una laparoscopia. Y seguíamos como al principio de todo. Mucho más desanimados y yo casi convencida de que no conseguiría nunca ser madre pero aún con fuerzas para seguir luchando, por lo menos mientras la ciencia me diese la posibilidad.

El siguiente paso era la Fecundación In Vitro (FIV). Supuestamente no había lista de espera ya que contaba desde la primera visita que tuve en el hospital, pero mientras nos repetían algunas análiticas y cuadraban fechas pasaron varios meses más.

¡No veía el momento de empezar! Investigué mucho por Internet, leí las experiencias de muchas chicas en diferentes foros y aunque sentía muchísimo miedo de sufrir un nuevo fracaso deposité todas mis esperanzas en el nuevo tratamiento. La FIV eran palabras mayores, iba “a jugar con los grandes” y esta vez no podía fallar. Pobre de mí, no sabía todo lo que me quedaba todavía por pasar.

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Las inseminaciones artificiales: por clínica privada

Por fin nos habían dado una posible solución a nuestra infertilidad…

Y era el momento de pasar “a la acción”. Para mí era impensable esperar los 3-4 meses que nos faltaban para hacer la primera inseminación por la Seguridad Social. Ya serían más de 2 años desde que decidimos ser padres y cada día se me hacía más dificil.

esquema inseminacion artificial

Como teníamos seguro médico privado (lo habíamos contratado en cuanto empezamos las pruebas por la Seguridad Social) decidimos probar mientras tanto en alguna clínica de las que tenían convenio con nuestra mutua. Ya me imaginaba llamando al hospital para decirles que no me hacía falta, que lo había conseguido. Estaba llena de ilusión y de impaciencia.

Por la privada fue bastante rápido. Ya teníamos todas las pruebas médicas hechas así que sólo quedaba “pasar por caja”. La clínica que escogimos fue una de bastante renombre en nuestra ciudad. Su departamento de Reproducción Asistida era muy conocido y aunque encontré por Internet opiniones de todos los gustos decidimos probar y confiar ciegamente en la profesionalidad del médico que nos atendió, a pesar de que tanto a mí como a Mr. N. nos pareció un tanto “charlatán”, un vendedor de ilusiones que veía nuestro caso demasiado fácil.

Éste fue uno de los muchos errores que cometí en todos estos años. Me pudo el corazón y los sentimientos. Nunca, chicas, nunca, confiéis en ningún doctor/a que no os dé “buenas palpitaciones”. Os podréis equivocar, claro que sí, pero si algo falla no os lo perdonaréis a vosotras mismas. Y este sentimiento de culpa es lo último que necesitamos.

Recuerdo que la primera IAC fue con ciclo natural. Me chocó un pocó pero según el médico éramos jóvenes, mis valores hormonales eran normalísimos y sólo necesitábamos una pequeña ayudita. Nos explicó que la idea era aprovechar mi ovulación natural y mejorar en el laboratorio la calidad de la muestra de Mr. N.

Empezamos las ecografías de control y en muy pocos días ya tenía un folículo preparado. Me inyecté el desencadentante de la ovulación (Ovitrelle) y nos presentamos en la clínica, nerviosísimos, para nuestra primera (y esperábamos que la útlima) inseminación artificial.

Recuerdo que ese día no me sentí cómoda. El cuartito donde estaba la camilla era tan pequeño que casi no pude ni quitarme la ropa. En ningún momento apareció ninguna enfermera, aunque la verdad es que no hubiese ni cabido. Así que el doctor vino con la cánula y me hizo la inseminación.

Otra cosa que recuerdo fue el dolor, los fuertes pinchazos parecidos a los de la regla. Lo primero que pensé es que era muy triste que “hacer niños” no fuese un momento placentero  y sobre todo privado. Aún así pudo mi positividad y nos fuimos a casa con una sonrisa en la cara. Yo tocándome el vientre. Imaginándome a los soldaditos de Mr. N. “atacando” al ingenuo de mi ovulito. Animando a mi embrioncito a que se agarrase bien fuerte a la cunita que tenía preparada para él.

Evidentemente todo se quedó en un sueño. Mi primer negativo de un tratamiento fue muy duro. Nos lo habían pintado tan bien que no nos pensábamos que podría fallar. A pesar de todo decidimos probar otra inseminación, no era tan fácil acertar a la primera, nos dijo el sonriente doctor.

Esta vez me mandó el Omifín. Yo volví a sorprenderme pero como una tonta, confié de nuevo en el “profesional”. No hace falta ni confirmaros que fue otro negativo como una casa.

Después de estas decepciones dcidimos hacer caso de nuestro “mal presentimiento”  y esperar el par de meses que quedaban para poder hacer los tratamientos en el hospital. Mi costillo, que suele tener muy buen “olfato” para este tipo de personajes tenía claro que si seguíamos con él nos iba a hacer dar todos los rodeos posibles para ir sumando cantidades a su cuenta corriente. A pesar de mi impaciencia estuve totalmente deacuerdo con él y respirando hondo me preparé para esperar un poquito más.

Centré todas mis fuerzas y esperanzas en el hospital. En este caso por lo menos teníamos claro que no había un motivo económico para hacernos perder el tiempo, que no iban a tratarnos como a una cuenta corriente con patas. Con la seguridad de estar, esta vez sí, en buenas manos empecé a contar los días para mi regla del mes de septiembre. ¡Por una vez estaba deseando que llegase!