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Cómo saber si ovulamos: el test de ovulación en tiras

Cuando deseamos quedarnos embarazadas una de las primeras cosas que nos preocupa es que no se nos “pase” nuestro día de ovulación.

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Para conseguirlo son muy útiles los famosos test en tiras que casi todas conocemos y que la mayoría de vosotras ya habréis usado. A pesar de ser tan populares muchas veces nos generan dudas que espero poder aclararos a continuación.

Estos tipos de test detectan en la orina los niveles de la hormona LH, cuyo pico nos indica que va a producirse la ovulación entre 12 y 36 horas después de obtener un resultado positivo.

La mejor hora para realizar el test de ovulación (también llamados TO) es desde las 10 de la mañana a a las 8 de la tarde pero nunca debe hacerse con la primera orina de la mañana. Se ha de realizar siempre a la misma hora, respetando un margen de 2 horas sin ingerir ni líquido ni alimento (o las cantidades mínimas) para no diluir la concentración de la hormona, con lo que sería imposible detectar el pico ovulatorio.

Se considera que el test es POSITIVO cuando la raya de resultado tiene la MISMA intensidad o es MÁS fuerte que la de control. Esto nos indica que la ovulación está próxima y que podría darse en cualquier momento aunque lo habitual es un mínimo de 12 horas y hasta un máximo de 36.

Las primeras veces que usemos estas pruebas caseras, y más si  no tenemos muy claro cuando ovulamos, es recomendable realizarlas 2 veces al día, a partir del momento en que empieza a marcarse la raya de resultado (sin ser todavía positiva). De esta manera nos aseguramos de detectar el famoso día “pico”. De otra manera sería muy fácil que se nos pasase.

Para determinar en qué momento podemos empezar a hacernos estos test tenéis a continuación una tabla con los días recomendables según la duración de nuestros ciclos menstruales:

Duración del Ciclo Menstrual
Inicio del Test
21 días
Día 4 de ciclo
22 días
Día 5 de ciclo
23 días
Día 6 de ciclo
24 días
Día 7 de ciclo
25 días
Día 8 de ciclo
26 días
Día 9 de ciclo
27 días
Día 9 de ciclo
28 días
Día 9 de ciclo
29 días
Día 9 de ciclo
30 días
Día 10 de ciclo
31 días
Día 10 de ciclo
32 días
Día 10 de ciclo
33 días
Día 12 de ciclo
34 días
Día 13 de ciclo
35 días
Día 14 de ciclo
36 días
Día 15 de ciclo
37 días
Día 16 de ciclo
38 días
Día 17 de ciclo
39 días
Día 18 de ciclo
40 días
Día 19 de ciclo

Muy importante: el uso de anticonceptivos (hasta los 2 meses anteriores) o de cualquier otro medicamento hormonal invalidaría el resultado de estos test ya que podrías obtener tanto un falso positivo como negativo. Recientemente se ha descubierto también que el uso de antibióticos, analgésicos y antipiréticos puede a su vez alterar el resultado de estos test de ovulación.

Siguiendo estas sencillas instrucciones y teniendo en cuenta el uso simultáneo de algunos medicamentos aprenderás en seguida a realizar correctamente estas pruebas y a conocer por tanto mucho mejor el momento idóneo (la llamada “ventana fértil”) para intentar concebir de manera natural.

¡Espero te animes a contarme tus experiencias usando estos sencillos test!

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Mi primera FIV en el Hospital de St.Pau (III)

Ya estaba otra vez en la tan deseada y temida betaespera…

 

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Llegamos a casa los 4, es decir, aquí la incubadora con patas, Mr. N y los 2 polluelos. Fui al baño, con un miedo horrible a que se fuesen por el desagüe, y al limpiarme vi un hilito de sangre rosada en el papel, entré en pánico, sin más. Futuro papi me tranquilizó como pudo, sé que para él tampoco era fácil y me dijo que no me moviese del sofá. Empezaba otra espera desesperante, la novena ya, a pesar de la experiencia sabía que ésta iba a ser especialmente difícil. Era la primera vez que tenía la seguridad de llevar vida en mi interior, 2 preciosos embriones que lo único que tenían que hacer era sobrevivir y agarrarse fuerte a mí. Parece poca cosa ¿verdad? pues sin duda para mí la parte más difícil de los tratamientos. Ya nada estaba en mis manos, sólo me quedaba rogar por ese positivo que tanto anhelábamos y cuidarme para intentar ayudar en lo posible.

Como todas, había leído que era recomendable beber bebidas isotónicas, y comer sardinas y nueces así que ya imaginaréis como estaba de surtida mi despensa. La bebida no me gustaba nada pero aún así me obligaba a tomarme mínimo un par de vasos grandes al día, todo me parecía poco para ayudar a mis pequeñines que sabía estarían luchando como campeones por quedarse conmigo. Fueron pasando los días, muy lentamente, aunque la primera semana fue un poco más llevadera, sobre todo en cuanto empecé a encontrarme ya bien de todo el “toqueteo”. Aún así fueron días de mucho relax, de sentirme mimada y cuidada como el tesoro más valioso. Cada noche al acostarme me dormía acariciando mi vientre, rogándoles a mis embrioncitos que se quedasen, diciéndoles lo mucho que los amábamos ya. Lloré mucho también, casi siempre sola para no preocupar a mi familia, consumida por los nervios y la incertidumbre.

Cuando empezó la segunda semana pasé por todas las fases, la de sentirme esperanzada, casi segura de haberlo conseguido a la de la total negación y vuelta a empezar con la ilusión de sentirme embarazada. Me consumía la espera, estaba deseando hacerme uno de esos test de tira que tantas veces me habían pasado por toda la cara mi odiosa infertilidad. Estaba segura, o por lo menos según el momento lo estaba, de que esta vez vería una hermosa raya rosada. Evidentemente no aguanté las 2 semanas que me dijeron en el hospital antes de hacerme el test de orina. La impaciencia me pudo y ya el 10 día post transferencia, sin decir nada a nadie, me levanté bien temprano y me atreví a hacérmelo. Recuerdo como me temblaban las manos. Tenía ya mis cólicos típicos de la regla pero me aferraba a lo que siempre decían las chicas afortunadas: los síntomas de embarazo son los mismos que los menstruales. Dejé el dichoso palito en el baño. Tuve que salirme porque no aguantaba el seguir mirándolo y no ver nada. Me fui a mi habitación. Intenté aguantar un par de minutos y volví a comprobar el resultado. Blanco, blanquísimo, igual de blanco que mi cara, imposible que fuese más blanco. Se me llenaron los ojos de lágrimas pero aún así decidí respirar hondo y darle un poco más de tiempo. Metí la tira en su sobre y el sobre en el bolsillo de la chaqueta que llevaba. Lo tocaba por fuera como queriendo que milagrosamente se marcase la dichosa raya. Y así estuve no sé cuanto rato, sacando el sobrecito y mirando la tira, poniéndola en la ventana para ver si se intuía algo. Lo volvía a guardar y a los pocos minutos volvía a mirarlo. Hasta que no sé cuanto rato después lo tiré a la basura, ya sin poder contener las lágrimas que traidoras caían por mi cara y me mojaban la ropa. Sentía como si hubiese perdido a mis hijos, no se habían quedado conmigo ¿por qué? no entendía qué había pasado, solo sabía que dolía mucho, muchísimo más de lo que creía que pudiese tolerar.

Cuando Mr. N. llegó del trabajo no le hizo falta preguntar mucho. Además de ver mi cara, no aguanté más de 5 minutos sin echarme a sus brazos, rota de dolor. Me calmó como pudo, diciéndome que no diese nada por perdido, que aún no me había venido y eso era bueno, que en el hospital nos habían dicho 14 días y que sería por algo. Yo quería creerme todo lo que me decía pero algo dentro de mí sabía con seguridad que el test no se equivocaba. Esa noche nos durmimos abrazados, con las manos de ambos en mi barriga, secando mis lágrimas con dulces besos.

Por la mañana ya no tenía ninguna duda de que habíamos vuelto a fallar, mi período siempre ha sido muy doloroso (gracias amiga endometriosis) y esta vez no iba a ser menos. Fui al baño y nada más bajarme la ropa vi la horrible prueba de nuestro fracaso. A pesar de la progesterona la rojilla se rió de mí nuevamente, con crueldad, recordándome que no me lo iba a poner nada fácil y que por ahora ella era quien ganaba, otra vez.

 

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Mi primera FIV en el hospital de St.Pau (II)

Había conseguido 7 ovocitos maduros ¿fecundarían todos?…

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En cuanto me recuperé de la anestesia me dieron el alta con varias recomendaciones, una era la de hacer reposo ese día y empezar por la noche con los óvulos de progesterona. Llegué a casa ya con un dolor fuerte, como los cólicos de la regla y manché un poco al ir al baño, así que estuve descansando toda la tarde, mimada como una reina por mi familia. Yo estaba muerta de miedo, aterrada por si no conseguía ningún embrión, con un nudo en el estómago que no me dejaba  casi ni comer. Aún así me tocó aguantar el tipo como pude para no preocupar a Mr. N y a mis padres. Me decían que todo iría bien pero yo no estaba tan segura.

Estuve pegada al teléfono toda esa tarde, el día siguiente y la mañana del tercero, ya que en cualquier momento podían llamarme para comunicarme la noticia que todas tememos, la que anulase la transferencia por no haber conseguido ningún embrión viable.  Afortunadamente la temida llamada no llegó y nos plantamos en el hospital a la hora que nos habían indicado.

Fui al baño nada más llegar, pero reteniendo el pis un poco ya que debía ir con la vejiga llena y empecé a beber  poco a poco de una botella de agua que llevaba. ¡Ese rato se me hizo interminable!, entre el miedo a las noticias y a la sensación de que no iba a poder aguantarme sin visitar de nuevo el lavabo . Finalmente nos llamaron para entrar a hablar con la bióloga. Nos informó que, para asegurar la mayor tasa de fecundación, habían hecho ICSI y no FIV. Nos enseñó una gráfica con los ovocitos extraídos, los maduros y los fecundados y las calidades de nuestros futuros babies según su evolución. Habíamos conseguido 5 pequeñines, 3 de ellos muy buenos (A), 1 no tan excepcional pero bueno (B) y uno más feo (C). Era muy buen resultado, nos dijo, así que si estábamos de acuerdo me pondrían los 2 mejores. Estábamos exultantes, emocionados, esperanzados y no sé cuantos adjetivos más. Por fin, después de 4 años de infertilidad nos parecía más posible que nunca conseguir nuestro ansiado positivo.

Futuro papi estuvo conmigo en quirófano, durante la transferencia, la cual fue bastante incómoda para mí (cerraba los ojos rogando que no se me escapase el pis…todavía ignoro si lo conseguí o no…¡qué momento más terrible y que poco elegante!). Como siempre, me molestó el introducirme la cánula, pero después de 8 inseminaciones, estaba tan acostumbrada que no le di  más importancia. Parirás con dolor dice la Biblia ¿no? pues se dejó todo lo de antes, ¡qué también tiene lo suyo para nosotras!.

En un momento mis 2 tesoritos estaban dentro. La bióloga comprobó que no hubiese quedado ninguno en la cánula y ya está, ahora tocaba la parte más angustiosa y dificil, la betaespera. Salimos del hospital como si flotásemos en una nube, visualizando a nuestros embrioncitos agarrándose a mí, y yo caminando como si en mi vientre llevase el secreto de la formación del universo, con miedo hasta de respirar por si se me salían…continuará.

 

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Mi primera FIV en el Hospital de St.Pau (I)

Después de las 6 IA negativas llegó por fin el momento…empezaba mi (esperaba) primera y última FIV.

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Recuerdo mi primera visita antes de empezar la FIV, estaba ansiosa por empezar, no pregunté mucho ya que como siempre confiaba plenamente en los médicos, pensaba que ellos “ya sabían”. Me explicaron la medicación que iba a usar, que casi era la misma que la que había usado para las IA, el famoso Puregon, sólo que en este caso me pincharía otro medicamento en cuanto me lo indicasen, el Orgalutran y como siempre, Ovitrelle como “rompefolis“.

Cuando bajó la regla llamé para pedir mi primer control y el tercer día empecé ya con los pinchazos. Todo me era, por desgracia, tan familiar que no veía por ahora ninguna diferencia con las inseminaciones. Recuerdo que fui bastante rápida, demasiado, ya desde la primera ecografía me vieron más de 10 folículos creciendo casi a la vez. A los pocos días ya empecé a sentirme hinchada y pesada, sobre todo al estar sentada, fue una de las primeras diferencias que noté con los tratamientos anteriores, además de las “humedades” de las zonas bajas :).

Creo que era el tercer control cuando me dijeron que ya estaba lista, que iba muy bien. El médico que me tocó empezó a mirar el ordenador y puso cara rara. Me preguntó por la visita con el anestesista ¿visita? ¿qué visita? le pregunté. A mí nadie me había dicho nada en ningún momento. Ingenua de mí creía firmemente que los profesionales tendrían todo el proceso más que claro, para mí era todo nuevo, no sabía ni cuanto tardaría ni cuando me programarían. En un par de segundos entré en pánico, creo que me puse hasta blanca, mi cabeza no paraba de decir “no me lo puedo creer” “todo me pasa a mí”. El doctor empezó a rellenar papeles y me dijo que bajase con ellos a la Fundació Puigvert. Además esa misma noche debía empezar a pincharme el Orgalutran, a ver si así conseguíamos “aguantar esos folis”. Salí casi corriendo de allí. Llegué al mostrador que tan bien concocía, temblando como una hoja, muerta de miedo.

Cuando me atendieron empezaron a mirar toda la documentación que llevaba y lo primero que me dijeron fue que “imposible” que “no había horas para el anestesista” de golpe se me llenaron los ojos de lágrimas, intenté mantener el tipo pero por primera vez en mi vida me oí a mí misma rogar como una niña pequeña, que por favor, que hiciesen lo posible, que después de todo lo que llevaba no podían hacerme eso…tuve ganas de gritar que no había sido culpa mía. No sé cómo fue pero después de mirar y mirar el ordenador me dieron cita para el lunes siguiente (era ya un viernes) y último control ese mismo domingo. Si todo iba bien de una vez me harían la punción el martes.

Parecía que estaba todo controlado así que empecé a sentirme más calmada, aún no entendía cómo había pasado algo así pero estaba bastante tranquila. Confiaba en que todo iría bien. Ese sábado nos quedamos tranquilamente en casa. Yo tenía ya bastante pesadez de ovarios y no me apetecía salir. Me puse un ratito en el ordenador y los dolorcillo que iba sientiendo hacía un par de días fueron rápidamente a más. Llegó un momento que de golpe empecé a notar mis molestias típicas de ovulación pero multiplicadas por 20. Me quedé doblada de golpe, cogiéndome la barriga, intentando calmar el dolor. Llamé a mi marido y le dije “estoy ovulando”, no tenía ninguna duda, mi cuerpo me lo estaba indicando tan claramente que fue como si me cayese un jarro de agua fría. Empecé a llorar de rabia, de impotencia, de dolor, ya no físico sino emocional…otra vez mi sueño roto en mil pedazos, me sentía sin fuerzas para seguir.

Al día siguiente tenía control en el hospital, entré allí derrotada, explicándole al médico lo que había pasado. Me dijo “imposible” pero en cuanto miró la pantalla del ecógrafo se calló de golpe. Aún así no lo quiso reconocer, me confirmó que haríamos la punción el martes, que tenía folículos preparados. Le pregunté qué cuántos y no quiso decirme el número, solo que “suficientes”, no me hacía falta saber más me soltó. Me callé porque quise aferrarme a esa esperanza, había llegado hasta ese momento, después de todo lo que había ya pasado, de todos los negativos y las lágrimas y no estaba dispuesta a rendirme.

Como estaba previsto ese lunes tuve, por fin, la visita con el antestesista y el martes por la mañana la punción. ¡Qué nerviosa estaba! Cuando me hicieron pasar para prepararme para el quirófano solo podía pensar en mis folis ¿cuántos habrían sobrevivido? Me sentía sola, desanimada y más nerviosa que nunca en mi vida. Pasó todo muy rápido, desperté aún en quirófano, justo antes de trasladarme a la sala donde estaban más chicas recuperándose de sus punciones o reposando después de las transferencias. Vino la doctora que nos tocaba ese día, había ido muy bien, me habían sacado 7 folículos maduros… ¿7? ¿sólo 7? la última vez antes de ovular me habían visto mínimo 11 de tamaños parecidos así que no tenía ninguna duda, había perdido unos cuantos, seguramente los más “bonitos”. No sabía si alegrarme por el alivio que sentía (por lo menos tenía algunos) o llorar de la rabia que llevaba acumulando esos días. Decidí ser positiva antes todo. Tenía 7 campeones, 7 supervivientes que estaba segura que no me defraudarían…¡¡continuará!!

mi infertilidad

Tengo endometriosis ¿y ahora qué?

¿Y podré quedarme embarazada?

fue lo primero que pregunté al doctor al confirmarme que el quiste que me habían extirpado por laparoscopia era, efectivamente, un endometrioma.

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Mi endometriosis no se localizaba ni en los ovarios, ni en las trompas, ni en la matriz, sino en el peritoneo, por lo que siempre había pasado completamente desapercibida en las ecografías. Lo único que habría podido hacer sospechar a cualquier ginecólogo que le hubiese dado importancia, eran mis reglas tan dolorosas y abundantes (tanto de cantidad como de días), acompañadas siempre de una desagradable descomposición de estómago, así como el dolor que muchas veces sentía en las relaciones. Nunca nigún profesional médico le dio la más mínima importancia a estos síntomas, a pesar de comentarlo en varias ocasiones.

A mi pregunta mi doctor me informó que al ser una endometriosis mínima no afectaba en nada a mi fertilidad. Como podréis imaginar, al llegar a casa me faltó tiempo para buscar en Internet más información sobre la enfermedad. Ahí estaba lo que durante tantos años me había preguntado, tan claramente explicado que no entendía como nunca me la hubiesen diagnosticado. Lo único que no coincidía con el pronóstico que me habían dado en el hospital era que sí, que aún en un estadio no tan grave se sospechaba que la endometriosis podía provocar infertilidad, tanto por la inflamación de los tejidos, que dificultaban la implantación de los embriones como por la peor calidad de los ovocitos.

Ya han pasado bastantes años desde que descubrí que formaba parte de ese 15-20% de mujeres en edad fértil que padecen de endometriosis y que esta enfermedad es una de las principales causas de infertilidad femenina (el 30-40% de infértiles la padecemos). Desde entonces cada tratamiento negativo no hizo más que confirmarme que algo pasaba y que efectivamente en mi caso no podía ser otra cosa (o eso esperaba) que la endometriosis. Después de años de tratamientos aprendí a convivir con ella pero también me centré en combatirla, de la manera más natural posible, con la esperanza de tener una mejor calidad de vida pero sobre todo de conseguir mi gran sueño. Nada era imposible, tal y como comprobé un año después cuando llegó, milagrosamente, mi embarazo “sorpresa”.

¿Sufres o sospechas que padeces también esta enfermedad? No dejes de contarme tu experiencia.

 

aumentar y mejorar la fertilidad

Los lácteos: ¿amigos o enemigos de la fertilidad?

 

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Mi relación con la leche hace ya muchos años que es de amor-odio.

Amor porque me encanta su sabor, y el de todos los productos lácteos en general, y un poco de odio porque empecé a darme cuenta que no me sentaba demasiado bien, sobre todo la leche entera. Pensé que al estar tan acostumbrada a la leche descremada (¡que parece aguachirri!) cuando consumía leche entera me hacía daño al estómago, más que nada por la concentración de grasa. Así que un día decidí pasarme a la leche de soja. Estuve un par de años tomándola pero nunca llegué a acostumbrarme a ella así que finalmente la dejé. Ahora creo que nuestro cuerpo es muy sabio y que si no llegué a tolerarla bien fue por algo (sobre la soja podría comentaros más cosas otro día).

Buscando alternativas me decanté por otras leches vegetales (avena, almendras y arroz), empecé a probarlas y me gustaron, así que después de mi último tratamiento negativo decidí introducirlas completamente en mi dieta. Renunciar a la leche de vaca y reducir al máximo los productos lácteos fue otro de los grandes cambios del año anterior a mi embarazo. Al principio empecé comprando la leche en el supermercado, pero viendo lo poco natural que era (la mayoría tiene más azúcar que otra cosa) empecé a hacerla yo misma en casa, concretamente la de almendras y la de avena. Son muy fáciles de preparar, muchísimo más baratas que las que compras (sobre todo si las buscas más ecológicas) y sanísimas, ya que no tienen ningún añadido. De yogures no soy demasiado fan pero de vez en cuando me apetecen así que sólo compraba un bote de “queso cremoso” de 500 gr para cuando hacía algo de repostería o me apetecía con fruta y/o avena. Los quesos sí que me gustan mucho y se me hacía mucho más difícil renunciar a ellos. Bajé muchísimo su consumo pero aún así siempre tenía en la nevera, tanto alguna versión light como por ejemplo el de roquefort, que me encanta en las ensaladas; le aportan un toque muy especial.

Os puedo asegurar que no echo nada de menos la leche de vaca. Me tomo mis vasos de leche vegetal tanto con cacao (desgrasado, eso sí) como sola bien fresquita, con un toque de canela y limón por ejemplo y están buenísimas. No me duele nada el estómago tome la cantidad que tome y me ayudan a quitarme la ansiedad por el dulce (era una adicta a mi leche con Cola-Cao y azúcar).

Después de llegar mi milagrito y dándole muchas vueltas al porqué había pasado después de tantos años de tratamientos me di cuenta que quizás el renunciar a la leche había sido una de las causas de algo que hasta para los médicos era inexplicable. Empecé a buscar a información y lo que más encontraba era todo lo contrario, que los lácteos eran muy saludables para la fertilidad y para el embarazo, tanto por el calcio como por las vitaminas que nos aporta, que no son pocas. Revisé entonces alimentos que había empezado a consumir más, por ejemplo los vegetales de hojas verdes, los frutos secos o las judías blancas y otros que había empezado a introducir en mi dieta: semillas de lino, leche de almendras y quinoa y comprobé que todos aportaban una gran cantidad de calcio y de vitaminas que compensaban perfectamente las de la leche. ¿Entonces era bueno o no, tomarla en la búsqueda?. Seguí investigando y encontré varios estudios donde la desaconsejaban si queríamos mantener o mejorar nuestra fertilidad.

Uno de estos estudios, llevado a cabo por un equipo de investigadores de EE.UU y Finlandia, pudo relacionar el descenso de la fertilidad según la edad de la mujer con el consumo de la leche. Según publicaron, la galactosa (azúcar simple de la leche que sintetizada junto a la glucosa da lugar a la lactosa) podría ser tóxica para los óvulos, por lo que las mujeres con altos niveles de galactosa en sangre son infértiles. Os ponqo aqui el enlace donde explica todo esto muchísimo mejor y que encuentro que es muy esclarecedor.

Otro de los motivos que relacionan los lácteos con la infertilidad es la carga de hormonas y pesticidas que contienen, veneno puro para nuestra salud en general y especialmente para nuestra fertilidad, además de que la pasteurización de la leche provoca que no pueda ser digerida por el intestino y que sus moléculas pasen directamente al flujo sanguíneo.

En mi caso particular, no me gusta demonizar directamente ningún alimento pero si eliminándolo de mi dieta, o casi, noto mucha mejoría en mi salud, creo que ha de ser por algún motivo.

¿Alguna de vosotras ha eliminado ya o restringido la leche de vaca? ¿Habéis notado cambios? Y si no es así ¿qué os parecen estos estudios negativos para nuestra fertilidad? ¡No dejéis de contarme! Y si os animáis a hacer este cambio de hábitos que yo hice no dudéis en preguntarme cualquier duda. ¡Os animo a cuidaros tanto por fuera como por dentro!

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El gluten: el enemigo “desconocido” de nuestra fertilidad

Uno de los cambios más significativos que hice en mi dieta

el año siguiente a renunciar a más tratamientos de fertilidad fue eliminar completamente cualquier producto elaborado con harina refinada blanca (pan y pasta y evidentemente toda la comida “chatarra” o industrial), limitando lo máximo posible el gluten. El pan y la pasta no fue un gran problema para mí ya que tampoco soy una gran consumidora, así que los tomaba ocasionalmente en su forma integral. Es por esto que no eliminé del todo el gluten ya que de vez en cuando “caían” pero en su versión integral.

Pero mi gran problema eran los desayunos y las meriendas, ya que soy tremendamente golosa, me pierde el dulce y siempre me ha costado mucho frenarme. Ante este dilema empecé a buscar recetas más sanas por internet y descubrí una gran variedad de postres elaborados con otras harinas, por ejemplo de avena o de almendra, y con otros ingredientes como la linaza. Yo hacía ya varios años que en lugar de cereales industriales desayunaba avena en la leche pero nunca la había tomado de otra manera.

Con respecto al gluten, la avena siempre había sido considerada una de las semillas prohibidas para los celíacos pero cada vez más nutricionistas recomiendan su consumo, siempre que sea 100% avena sin gluten (es decir, que no haya sufrido contaminaciones en su recogida y procesado) y que la persona celíaca la tolere bien, ya que a veces puede agravar los síntomas intestinales de esta enfermedad por su alto contenido en fibra.

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Empecé así a preparar mis primeras galletas, crêpes y bizcochos a base de avena que me quitaban el antojo por el dulce y que de paso, llenaban siempre mi casa de un delicioso aroma a repostería casera. Fueron meses divertidos a la hora de la comida, ya que probaba nuevas y diferentes combinaciones que me sorprendían gratamente. En ningún momento tenía la sensación de “estar a dieta”, necesitaba cambiar mis hábitos y comer de manera más saludable, para “limpiar y depurar” mi cuerpo después de la última ICSI, que como siempre, me hinchó como un globo, y no precisamente por el resultado positivo que hubiese deseado.

Decidí que para luchar contra esa negatividad que me ahogaba debía primero sentirme a gusto conmigo misma y volver a reconocerme al mirarme en el espejo. Esa mujer, con esa piel apagada y ese vientre vacío e hinchado no era yo, y ya era el momento de recuperar mi energía y mi salud. Gracias a este cambio de actitud y de alimentación fui poco a poco recuperando mi peso y sobre todo mi volumen y de paso mi pelo y mi piel brillaban igual que hacía años ¿qué más podía pedir, verdad? Pues lo que ya no me atrevía a pedir, por lo menos no en voz alta, llegó finalmente. Un año después de empezar con mi nuevo estilo de vida vi otra vez las 2 rayitas en un test de embarazo que me mostraron que había tomado la decisión correcta.

Si a mí me llegó este gran regalo ¿por qué no podría pasarle a nadie más? Le he dado muchísimas vueltas al por qué pasó en ese momento y he llegado a la conclusión que fue una combinación de muchas cosas, entre ellas me ayudó mucho la melatonina, tal y como comenté en mi entrada anterior, pero otra muy importante fue dejar la harina blanca y consumir poco gluten. ¿Pero por qué creo que el dejar el gluten fue una de las principales causas? Nunca había buscado información sobre la celiaquía ya que es una enfermedad que afortunadamente no padece nadie cercano a mí pero pensé que algo tendría que ver y así fue como descubrí la relación de esta proteína con la infertilidad. Os cuento muy resumidamente.

Según varios estudios una de las causas más inesperadas de infertilidad es precisamente la reacción inmunitaria al gluten, y no únicamente en mujeres celíacas sino también en casos de sensibilidad o alergia (sin diagnosticar en un porcentaje muy elevado).

Pero, desgraciadamente, el gluten no sólo afecta a la fertilidad por el daño que causa a la calidad ovocitaria y al momento de la fertilización sino que podría ser también uno de los principales causantes de abortos involuntarios. Esto es debido a que la falta de nutrientes, ya que el intestino inflamado y dañado no los absorbe correctamente, dificulta enormemente un proceso tan costoso para nuestro cuerpo, como es el embarazo. Además, los anticuerpos que generan la respuesta inmunitaria a la presencia del gluten, se dirigirían a la placenta, destruyendo las células encargadas de nutrir al feto, provocando su dolorosa pérdida.

Los síntomas de la enfermedad celíaca, como muchas ya conoceréis, son principalmente intestinales, pero también pueden aparecer otros como: depresión, fatiga, problemas con las tiroides, y hasta en la piel y las uñas. Si reconoces alguno o varios de estos síntomas puedes probar durante un par de meses una dieta sin gluten y si notas alguna mejoría podría ser una señal de tener, sin seguramente haberlo sospechado nunca, algún grado de sensibilidad al gluten (como creo que es mi caso).

Cuéntame si después de leerme te sientes reflejada en algo de lo que he comentado, quizás ha llegado el momento de que también tú te animes a empezar estos pequeños pero importantes cambios que pusieron mi vida maravillosamente del revés.